¿Se acabó la lucha ciudadana? el profesor de Estudios Políticos y experto en conflictos y pacificación, Miguel Martínez Meucci, conversó con Crónica.Uno sobre este y otros temas que ocupan a una sociedad negada al “apaciguamiento”.

Caracas. No hay manera de plantear una conversación de esta naturaleza con Miguel Martínez Meucci sin repasar el concepto de apaciguamiento: esa actitud que consiste en ceder progresivamente, sacrificando los propios principios y valores, ante las acciones de fuerza de un oponente que no respeta ningún límite, permitiéndole que tome lo que quiere, y que suele ser muchas veces, no la consecuencia de una política deliberada, sino el resultado de una inhabilidad —que nace de errores de cálculo, contradicciones, temores, vacilaciones y no pocas dosis de buena voluntad— para lidiar con este tipo de oponentes.
Martínez Meucci, profesor de Estudios Políticos y experto en conflictos y pacificación, abordó bajo esa óptica la consolidación en el poder del chavismo entre los años 2001 y 2004. La idea general de su libro Apaciguamiento (Alfa, 2012) se antoja vigente. El concepto, de hecho, pudiera estar planeando sobre un colectivo y un liderazgo político que miran con desconcierto el aparente fin de la efervescente lucha ciudadana y se preguntan “¿qué pasó aquí?” sin encontrar respuestas.
Durante los meses de protestas de este año el Gobierno demostró que no respeta ningún límite y eso no es ninguna sorpresa. Pero la oposición política y los ciudadanos se mostraron cada vez más desafiantes hasta que llegó un punto en el que la fórmula del impulso pareció agotarse. ¿Es otro caso de apaciguamiento?
—La noción de apaciguamiento alude directamente al dilema en el que se ven sumidos quienes se ven obligados a enfrentar a un oponente que no respeta límites, que no admite la presencia de adversarios que no se someten, y que además no intenta tomarlo todo en un solo movimiento, sino que va avanzando mediante transgresiones parciales. Ante cada una de estas transgresiones, el oponente se ve obligado a elegir entre luchar frontalmente, escalando el conflicto, o aceptar la pérdida parcial para evitarlo. El apaciguamiento consiste en aceptar una pérdida tras otra con la esperanza de evitar el conflicto.
Esto, tal como señalaba Churchill, no es intrínsecamente algo nocivo, ya que puede funcionar si finalmente el adversario no avanza más o no establece condiciones intolerables; no obstante, terminará revelándose como un error si el oponente no se detiene en la busca del control total y además impone condiciones absolutamente inaceptables para los vencidos. Luego de muchas pérdidas parciales más o menos toleradas, la capacidad para hacer frente a dicho adversario puede haberse reducido tan drásticamente que quizá ya para entonces sea demasiado tarde para plantear una resistencia adecuada. 
¿Hay apaciguamiento ahora? Posiblemente sí, siempre y cuando se considere que hay opciones de hacer algo distinto y si se tiene la percepción de que mientras el régimen continúe en el poder las cosas seguirán empeorando de forma atroz para la población, las instituciones y todas las formas de libre organización social. 
Esa es precisamente la percepción que se tiene: que todo empeorará. ¿Quién se apaciguó, el liderazgo político o los ciudadanos?
—Aprovecho para precisar un detalle importante: el apaciguamiento no se realiza sobre sí mismo, uno no se apacigua, sino que el actor que busca evitar el conflicto trataría de apaciguar al oponente que no respeta límites de ningún tipo. En este caso sería la dirigencia democrática quien adopta esa postura al aceptar unas elecciones sin condiciones mínimas de transparencia, asumiendo un costo que moralmente resulta muy elevado para una parte importante de sus seguidores. Hay responsabilidad tanto en la gente como en la dirigencia, pero mi percepción es que la gente ha estado dispuesta a mantener la presión si cuenta con suficiente conducción política.
¿Qué fue más determinante: las acciones represivas del Gobierno o la inhabilidad para lidiar con un adversario que acumula tanta fuerza?
—No creo que el adversario acumule tanta fuerza en estos momentos; lo que ha hecho es recurrir a la violencia como casi único recurso ante la pérdida de apoyos internos y externos. Luego de estas protestas está claro —o debería estarlo para todos— que el régimen busca implantar un sistema totalitario, no puede ganar elecciones, está dispuesto a hacer fraudes colosales, depende de la obediencia de quienes manejan las armas para mantenerse en el poder, no le importa en lo más mínimo el sufrimiento de la población y constituye un riesgo para la región porque convierte a Venezuela en un Estado fallido. Debido a ello es objeto de un rechazo mayoritario por parte de la ciudadanía y de las naciones democráticas.
En muchos aspectos este régimen está ahora en una posición parecida a la que sufría el régimen sudafricano durante los últimos años del apartheid, y es preciso señalar que esto no era así antes de las protestas, incluso a pesar de haber conculcado previamente un referéndum y unas elecciones regionales. Si el poder no es lo mismo que la violencia, sino la capacidad de actuar concertadamente, lo que aún nos falta es terminar de articular ese enorme rechazo interno y externo al régimen que preside Maduro.